La violencia en los territorios de Guatemala, Honduras y El Salvador sigue siendo la principal motivación de una persona o un núcleo familiar para emigrar. La violencia se ha diversificado e institucionalizado: hay violencia de las “maras”, está la violencia intrafamiliar, la violencia a la mujer (femicidios) y a las comunidades LGTBI, la criminalización y asesinato a las defensoras/es de DDHH y ambientales, la violencia de los narcos en las comunidades. Además se sabe que esta violencia goza de total impunidad institucional.

Otros causales de la migración forzada, es el desempleo, los desastres causados por los fenómenos naturales, el abandono y corrupción del Estado, la búsqueda de la unificación familiar. Por último, lo que vino a empeorar toda esta situación ya dramática fue la pandemia 2020; y para el caso de Honduras y Guatemala, los dos huracanes de “Eta y Iota” en el 2020, devastaron grandes sectores de la población. En el caso de Honduras, “los dos huracanes dejaron al menos 94 muertos y casi 4 millones de damnificados en el país y, según analistas, podrían provocar un incremento del nivel de la pobreza de un 10%, superando el 70% de la población.”[1]

Resaltemos que la “deportación” de migrantes genera violencia a la dignidad y estructura sicosocial de la persona en todo su proceso, tanto, desde el momento de la captura, en los centros de detención donde son resguardados los menores de edad y los adultos, el trato al ser expulsado del país de destino, en todo el camino de regreso y el mismo tratamiento en su país de origen donde son recibidos. Para los deportados, que los gobiernos le llaman “retornados”, es todo un desgaste emocional y físico de su humanidad. Además, en varios casos hay un postrauma, que genera un sentido de frustración e inseguridad.

En cifras, “más de 23 mil migrantes retornaron a El Salvador, Guatemala y Honduras en lo que va de 2021…De acuerdo con los datos de la OIM, el país que más reducción de deportaciones registra es El Salvador con una caída del 84,1 %, por delante de Guatemala y Honduras, que computaron bajas del 51,9 % y 27,5 %, respectivamente…Cada año, más de 500.000 personas procedentes de estos tres países intentan emigrar de manera ilegal a Estados Unidos en busca de mejores condiciones de vida, incluyendo miles de menores de edad.”[2]

Lo otro alarmante según informes, es, “el número de niños, niñas y adolescentes (en adelante, NNA) de los tres países del llamado Triángulo Norte de Centroamérica (Honduras, Guatemala, y El Salvador) que intentan llegar a la frontera de los Estados Unidos de manera irregular ha aumentado considerablemente en los últimos 3 años. Aproximadamente 4 de cada 5 NNA detenidos en las fronteras de los Estados Unidos eran no acompañados”[3] La semana del 24 de junio del 2021, de manera no oficial, se sabe que llegaron deportados a El Salvador 79 NNA. Que un NNA haga el recorrido de emigrante hacia los EE. UU, pasando por todos los peligros en el territorio mexicano, es una realidad abominable.

Según la OIM[4], de enero a mayo del 2021, fueron deportados 1,827 personas a El Salvador, de esos 268 eran niños y 147 niñas. En cada deportado, hay historias con una memoria emocional de tristeza, enojo e inseguridad. Este “deportado”, es un humano y compatriota que tuvo motivaciones de sobrevivencia que lo llevaron a migrar; así lo expresaron en las entrevista hecha por la OIM, donde el 63.0% fueron causas económicas (deterioro de la calidad de vida), el 14.7% es la inseguridad social y que peligra su vida, y el 21.3% que busca reunificación familiar.

Para los cristianos que nos inspira el Dios de la Vida, hagamos un acercamiento a algunos textos bíblicos que nos dice sobre el trato a los “extranjeros” o migrantes:

“El SEÑOR protege a los extranjeros, sostiene al huérfano y a la viuda” Sal 146; “El (Dios) hace justicia al huérfano y a la viuda, y muestra su amor al extranjero dándole pan y vestido. Muestren, pues, amor al extranjero, porque vosotros fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto.” Det 10,18; “Amar al emigrante” Det 10,19; “Maldito el que pervierta el derecho del forastero, del huérfano y de la viuda.” Det 27; “no defraudar el derecho del migrante” Det 24; «Así dice Yahveh: Practicad el derecho y la justicia, librad al oprimido de manos del opresor, y al forastero, al huérfano y a la viuda no atropelléis; no hagáis violencia ni derraméis sangre inocente en este lugar” Jer 22,3.

En estos textos se evidencia que el pueblo de Israel tiene en su experiencia creyente, en su espiritualidad y práctica ética el cuidado y defensa de los más frágiles de la población: el huérfano, la viuda y el migrante (extranjero). Constatamos que el migrante, es visto por Dios con atención de cuidado y ternura solidaria, por estar desposeído e indefenso en tierras extranjeras. Además, en estos textos bíblicos, Dios recuerda a cada tribu de Israel, que un día fueron “extranjeros”. Todos los humanos hemos migrado o venimos de un ancestro que migró, por eso: todos somos migrantes, forasteros y peregrinos en esta casa común. Y para un franciscano y franciscana, el migrante es un hermano y hermana, en igual dignidad, al cual hay que acoger y cuidar, proteger y levantar, integrar y compartir la vida misma.

Fr. René Flores, OFM
RFM – El Salvador

 

 

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[1] https://www.amnesty.org/es/latest/news/2020/12/devastating-impact-hurricanes-eta-iota-honduras/

[2] http://diario1.com/nacionales/2021/05/mas-de-23-mil-migrantes-retornaron-a-el-salvador-guatemala-y-honduras-en-lo-que-va-de-2021/

[3] Mauricio Gaborit, Mario Zetino Duarte, Carlos Iván Orellana, y Larissa Brioso Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, 2015.El Salvador.

[4] https://mic.iom.int/webntmi/descargasoim/

Foto: INSA (Instituto de niñez y adolescencia)